Partida #84 “La Hermandad Blanca”
Madrugada del jueves, día 4 de octubre.
Enoch se había enfrascado en la lectura de la Historia de Gondomar y un libro de
Constelaciones que se suponía perdido, escrito por San Gregorio tras la llegada
del Arca, que versaba sobre el viaje astral y los cuerpos celestes visibles
desde el Orbe. Mientras tanto Erion le daba vueltas al hombre que Vanion había
visto en la Plaza de Armas. Quizás su intuición le decía que debía preocuparse,
de modo que fue a hablar con el mago… sin conseguirlo, pues parecía más
interesado en la lectura que en los problemas del mundo exterior o la batalla
que estaba teniendo lugar en las murallas en aquel preciso instante.
Vanion meditaba y Diana rezaba un poco antes de dormir, así que el vilonio
decidió salir de la torre por su cuenta. Subió por las escaleras al despacho de
Giles Wolpe, donde reinaba el silencio, y pudo ver que, en medio de la oscuridad
de la noche, a lo lejos en el horizonte, se veían muchos fuegos, antorchas y el
viento traía un inconfundible clamor de batalla. Erion no podía saber quién
saldría victorioso aunque claramente a él le convenía que se impusieran los
arcanos. Pensando en eso, trató de meter el cuerpo por la ventana para
encontrarse con la sorpresa de que palpaba muro ahí donde veía un vano. Así fue
cómo descubrió la ilusión en las ventanas y que la Torre de Inman se mostraba
como realmente era al verla desde fuera. Wolpe les había advertido que estaban
encerrados y como perteneciente a la Orden de Magia (había pasado por la Vara
Juratoria) no podía mentir ni engañar. También quizás por eso la Reina cuando el
Consejero le había dicho que tenía un asunto importante entre manos ni se había
molestado en preguntar nada.
Erion se llevó un buen susto cuando una formidable explosión en el sur iluminó
la ciudad por un instante. El estruendo fue como el de diez truenos cercanos.
Corrió a la ventana y alcanzó a ver una llamarada en el Barrio del Arca y varias
casas que se prendían fuego como antorchas en la noche. El resto de la ciudad
estaba casi a oscuras, salvo las murallas y algunos fuegos de los serenos. Los
demás se habían sobresaltado con el ruido y subieron para ver qué
pasaba. Se quedaron con la intriga y el temor en el cuerpo.
Muy temprano escucharon el sonido de la puerta de hierro y los pasos del viejo
Estefan que subió para avisarles que ya podían salir. Se vistieron con rapidez
-habían dormido en sus catres en el cuarto de estar bajo el despacho- y tras
lavarse un poco se dispusieron a salir. En la fortaleza había una gran tensión
pues las noticias de la batalla eran confusas y nadie sabía a ciencia cierta lo
que sucedía en las murallas. A pesar de eso les dejaron salir y pronto pudieron
caminar a solas por las calles vacías de la ciudad, con la penumbra de antes del
amanecer. A veces se cruzaban con gente, patrullas de la guardia, personas en
los cruceiros rezando por la victoria, borrachos de taberna, carreteros,
panaderos y algún albañil que empezaba temprano la jornada. Los rostros
reflejaban preocupación.
Llegaron a la Casa de la Moneda tras pasar un par de puentes repletos de casas y
negocios. El edificio era de época imperial, de piedra sobria y ventanucos con
rejas de hierro forjado. En el centro, una estructura redonda inmensa con una
cúpula ovalada. Según se decía, allí se acuñaban las monedas del Reino.
Había varios guardias en las puertas, que estaban siendo reforzadas por unos
carpinteros enanos, quizás para proteger el sitio de un posible saqueo de los
trasgos y trollocs si la batalla no era favorable. A pesar de todo, Bolvo se
encontraba en el lugar y acudió a darles la bienvenida. Les acompañó al interior
donde en una de las alas se encontraban las galerías de los bancos; había cuatro
en la Casa de la Moneda, los bancos Dumwich y Oduin, llevados ambos por enanos y
viejos rivales, la Casa de Atros, llevado por tresios, y la Compañía de Melf,
propiedad de un famoso mago del Principado Ilko.
Entraron en las amplias estancias de los Dumswich, decoradas con estatuas de
piedra y paredes policromadas de forma elegante. Sobre el muro del fondo colgaba
un pendón negro con una torre blanca, el escudo familiar. Aquello les trajo el
amargo recuerdo de su visita a la localidad en Wolsak, de la que seguramente
provenía el clan enano, en la que el brujo Aewulf había matado a Diana y su
escudera Gabriel; el sheriff Mardradas también había ejecutado a Vanion. Por
fortuna Mordenkainen les había ahorrado aquel final trágico. Parecía mentira que
solo hubiesen pasado tres meses desde aquello... Un poco perturbados por el
recuerdo, dejaron las armas en la entrada y pudieron observar que la vigilancia
no era poca, todos guerreros enanos. Bolvo les condujo a una sala llena de
puertas reforzadas que se sentía bajo tierra, y abrió una, tras la que había un
largo pasillo. Avanzaron agachados hasta un portón de hierro con un número en
tres runas iguales. Dedujeron que se trataba de un 111. En su interior
encontraron un viejo cofre en el que se guardaba una varita, un arco, unas botas
y una llave. Enoch encontró un doble fondo con una bolsa de gemas. Aquellos
eran, aparentemente, los regalos de Ron el Rojo.
Caminaron con prisa hacia los muelles cruzando por una puerta chica, pues los
grandes portones estaban cerrados. Buscaron un rato la Sardina Dulce entre los
caserones del puerto y cuando la encontraron vieron que en el embarcadero que
tenía justo enfrente había varios marineros trabajando con cuerdas, preparando
aparejos, llevando cajas o simplemente esperando noticias de la batalla. De
entre ellos les llamó la atención un viejo lobo de mar, casi sin pelo, con
aspecto de cascarrabias, masticando sabe dios qué y con actitud de espera. En
efecto, ese sería el hombre que les llevaría a la reunión secreta de la
Hermandad Blanca.
Nunca dijo cómo se llamaba. Por prudencia, les pidió que una vez saliesen del
puerto de Akenar, se pusiesen unos sacos en la cabeza para no ver por dónde
iban. Era una medida un tanto idiota pues Vanion tenía un sentido de la
orientación increíble y era muy difícil confundir a Enoch o Erion con un simple
trapo. Notaron perfectamente que se dirigían al norte.
Cuando cruzaban entre las torres de defensa, sorteando las grandes cadenas de
defensa con las que contaba el puerto, escucharon numerosas campanas en la
ciudad. Era un tañido un tanto frenético que fue extendiéndose de iglesia a
iglesia. También se escuchó algún cuerno y silbidos de la gente. Aquello solo
podía significar que las noticias de la batalla eran buenas (o todo lo buenas
que podían ser).
Sin darle importancia a aquello, el viejo barquero extendió una vela triangular
que encontró al instante un viento magnífico, tanto que sospecharon que se
trataba de magia. Tardaron bien poco en dejar atrás los sonidos de alivio y
júbilo en Akenar. La embarcación alcanzó gran velocidad, unos 7 nudos. Quizás
antes del viaje en el Sirena de Marion (o el Wyverna de Gascoigne y el
Perro
Negro de Joren) no hubiesen podido calcular bien aquello, pero sin pretenderlo
ya tenían cierta experiencia en el mar. Por tanto, como el viaje duró unas seis
horas, supieron al llegar que estaban a casi 50 millas. Teniendo en cuenta la
posición del sol, la dirección era noreste. Enoch había visto demasiados mapas
como para no imaginar que se encontraban en las inmediaciones de la Isla del
Grial.
Cuando el barquero les permitió ver de nuevo estaban llegando a un castillo que
se levantaba sobre un islote en medio del lago. En el horizonte al norte se
adivinaba una línea de costa, que quizás fuese una isla.
La pequeña fortaleza parecía algún tipo de puesto defensivo. Los muros blancos
tenían cal nueva y la madera se veía en buen estado por lo que se podía deducir
que no había pasado mucho tiempo desde su construcción. Contaba con un edificio
principal y dos torres, formando una especie de triángulo. De su puerta salía
directamente un embarcadero, al que ellos acababan de llegar y donde les
esperaban tres mujeres: la Madre Anah, Serra y Lady Robyn.
A Serra ya la conocían de Tintagael, del año anterior. Se trataba de una
guerrera (ahora supieron que era paladina de Pelor) que en su momento había
caído en el encantamiento de sueño sufrido por el castillo. Cuando recuperaron
las cosas en la Isla de los Leprosos, Enoch se había fijado en un medallón que
resultó ser de la Hermandad Blanca. La mujer le había ofrecido entonces entrar a
formar parte de aquel grupo, pero él rechazó la oferta. Con Diana tampoco había
ido muy bien pues discutieron en la posada. En cualquier caso, allí estaba y
parecía que las viejas rencillas estaban olvidadas. Les hizo un poco de
anfitriona introduciendo a los presentes y contándoles algo de ellos, para que
se hiciesen una idea.
Con ella estaba una anciana. Se llamaba Anah pero todos le decían Madre.
Supieron por Serra que se trataba de una hechicera de gran poder, lúcida,
perspicaz y bondadosa. También era una reconocida alquimista y curandera. Fue
muy amable con ellos desde el primer momento.
La tercera mujer era Lady Robyn. Guerrera y hechicera, se dedicaba a perseguir
Magia Negra por todo Draak. Poseía nada menos que una de las Trece Espadas
Celestiales.
Tras pasar por un pequeño rellano entraron en un salón largo con una mesa de
roble de grandes proporciones. Alrededor de ella estaban los miembros de la
Hermandad. Serra se los fue presentando.
Maese Yngfu, famoso entre los enanos, que le llaman “El Hacedor”. Era un mago de
gran poder, digno rival de Mordenkainen en muchas historias. Creador de objetos
mágicos, especialmente conocido por su Martillo Volador (quizás el mismo que
Diana llevaba colgado en su cinto).
Arostenes de Corenya, el “Mago del Mar”, dominaba los vientos y las aguas casi a
voluntad.
Olashia Salterre. Una mujer alina de gran carácter, maga evocadora y autora del
famoso Bestiario de Salterre. Conocía la mayor parte de los monstruos que
poblaban el Orbe... y unos pocos más.
Theo el Gris. Un brujo renegado de los Poderes Oscuros que dedicaba su vida a
perseguir engendros de la Sombra y ayudar al Bien, pero con un estilo poco
ortodoxo. Amante de los disfraces.
Nomar. Ilko con fama de loco, cartógrafo, mago, alquimista, escritor de tratados
y reconocido creador de pergaminos mágicos.
Leórigas. Un yu, antiguo esclavo de los alinos que aprendió magia a escondidas
mientras servía vino en una posada de la Alianza en Arkos. Había llegado a ser
uno de los magos más poderosos de los Mares Tranquilos, hablaba 14 idiomas y
adoraba los enigmas y las profecías.
Sire Valerian. Un mago conjurador de gran talento. Algo vanidoso y competitivo,
pero nada muy grave.
Nina. Una gnoling hechicera con inmenso poder innato. Ayudó durante muchos años
a mujeres acusadas de brujería en Arquitania para que no acabasen en una hoguera
de la Inquisición. Poseía un cristal mágico llamado Dimor que, según se decía,
albergaba el alma de un ser celestial.
Eladrium Gharis. Elfo que ya estaba vivo en tiempos de los Nigromantes (los
hechiceros que usaba el Imperio Vilonio). Desde aquella luchaba contra la magia
usada con fines oscuros. Como muchos de los suyos, era inescrutable. Se decía en
la Hermandad -como una novedad- que una vez había hablado en un Cónclave. Era
ilusionista.
Aurora de Tréveris. A pesar de su aspecto de aventurera buscatesoros, la verdad
es se trataba de una maga especializada en Encantamiento. Había tejido muchas
protecciones de Hermandad y nada le pasaba por alto.
Dalyla la Fatua. A pesar de ser una elfa con una edad considerable, se trataba
de la última incorporación de la Hermandad. Era una maga evocadora, extrañamente
impulsiva y amante de los grandes conjuros espectaculares. Poseía una Bola de
Cristal.
Taimos V’al. A pesar de su tamaño, era humano. Vivía en una cueva en las
montañas cerca de Kayholt únicamente acompañado por una legión de gatos y su
pseudo-dragón Zhoru (del que dicen que de vez en cuando se comía algún minino).
Se trataba de un mago transmutador especializado en pociones.
Sandrai Dupont. Una maga adivina que solía viajar por Lundor encontrando
personas perdidas. No se sabía mucho de ella.
Klis Glweil Una bruja svarda. Llevaba años recopilando conocimiento sobre Magia
Rúnica.
Simón el Prestamista. Un mago abjurador conocido por su enorme fortuna. A pesar
de sus posesiones por doquier, tierras, títulos, castillos, casas en ciudades y
un largo etcétera, vivía como un asceta.
Y allí estaban ellos con toda la atención de aquel poderoso grupo de magos y
hechiceros.
Anah, es decir, la Madre, les pidió que se pusiesen cómodos y probasen algunas
galletas que ella misma había hecho para la reunión. Mientras les ofrecía una
bandeja, empezó a explicarles por qué habían sido convocados a aquella reunión.
En lo que refería a Erion, iban a debatir si finalmente le ascendía a lo que
ellos llamaban “Par”, es decir, uno de los miembros de la Hermandad con derecho
a voto en las decisiones importantes y, a su vez, con más responsabilidades que
hasta aquel momento.
En lo que se refería a ellos, querían hacerles saber un hecho terrible para los
Mares Tranquilos. Y si deseaban entrar en la Hermandad Blanca, las puertas
estaban abiertas.
Al parecer, hacía más de un año, un grupo de elfos de Draak había viajado a un
continente ignoto en Oriente, llamado Eria. En el sudeste de aquellas tierras
había un reino de no-muertos conocido como Erioch y gobernado por un lich desde
la Torre de los Mil Cuervos. Los elfos se habían enfrentado no al lich sino a su
lugarteniente, el Nigromante Ardalas, otro elfo. Le había dado muerte y habían
liberado la región de un poderoso encantamiento llamado El Velo.
Hasta ahí todo eran buenas noticias. Sin embargo aquel grupo de elfos cometió el
error de saquear los aposentos de Ardalas, donde encontraron un fajo de
pergaminos de Antigua. Y se los llevaron.
Regresaron a los reinos de los hombres sin saber que aquellos pergaminos estaban
malditos. Llegaron a una ciudad llamada Minas Ator donde desgraciadamente un
mago del grupo de los Ocho pasaba largas temporadas. Los Ocho eran un consejo
formado por los magos más poderosos de Draak, es decir, Mordenkainen, Leomund,
Rary, Melf, Bigby, Otiluke, Tenser y Nystul.
Aquel mago era Otiluke. No sólo se apropió de los pergaminos sino que los llevó
con él una reunión de los Ocho que tuvo lugar en su torre. Como resultado, todos
salvo Rary se corrompieron por la maldición. Tras eso, cada uno se fue por su
lado.
La Hermandad Blanca no podía permitir que siete de los ocho magos más poderosos
de los Mares Tranquilos, y quizás del Orbe, fuesen malvados. Había que
detenerlos de una manera u otra.
Tenían información limitada de los pasos que había seguido cada uno. Si lo que
habían escuchado era cierto, al parecer Otiluke había muerto en Minas Ator
apenas unos días después de los sucesos, precisamente a manos de los elfos a los
que había arrebatado los pergaminos de Antigua.
Leomund, el Archimago, había regresado a su Torre del Dominio, en Erk, y no se
sabía nada de él.
De Mordenkainen sólo se sabía que había viajado a las islas de Skai.
Melf se había refugiado en el Principado Ilko.
De Bigby no tenían la menor noticia salvo el rumor de que podía ser el Peregrino
Errante, una misteriosa figura que viajaba por el sur de Draak asesinando a
miembros de la Iglesia Sillenita y la Inquisición.
Tenser residía felizmente en Akenar, donde gozaba de gran fama.
Nystul, al regresar de Eria, había sido visto en Ala’i.
Rary no había sido afectado, al ser un Maestro Objurador; de hecho él mismo
pertenecía a la Hermandad Blanda. Por desgracia, algún asunto lo había retenido
en la isla de Auria, donde residía con su hijo Asmund.
Los reinos de los hombres tal y como los conocían estaban en peligro. No hacía
falta explicar el daño que cada uno de aquellos seis que quedaban vivos podía
hacer.
A aquellas palabras Enoch tuvo que responder, pues sabía cosas que la Hermandad
ignoraba. Les contó que él había sido llamado a la Torre del Dominio como
aprendiz de Leomund antes de que el Caos la arrasara. Algo había pasado entre
ellos, que no quería aclarar, y había acabado con la muerte del Archimago. Eso
reducía los enemigos a cinco. La noticia impresionó sin duda a los miembros de
la Hermandad.
Además de eso, ellos tres, es decir, Diana, Vanion y él mismo, habían tenido una
extraña aventura en un lugar del Otro Lado. Al intentar regresar habían acabado
por error en uno de los infiernos, Hades, donde habían encontrado a Mordenkainen,
derrotado. Hicieron un trato y se ayudaron mutuamente para regresar al Orbe.
Desde aquella el Gran Mago les había ayudado en varias ocasiones y podían dar fé
de que no de forma malvada. De hecho incluso había resucitado a Diana y Vanion
en cierta ocasión. Al parecer Mordenkainen se resistía a aceptar la influencia
de la poderosa maldición que trataba de gobernarlo… y si aquello era así, eso
reducía los enemigos a cuatro.
Es decir, Melf, Bigby, Tenser y Nystul. No era poco.
Los Pares de la Hermandad necesitaban un rato a solas para debatir sobre las
revelaciones del grupo. Les invitaron a ir al piso de arriba en el castillo,
descansar un poco del viaje en bote y meditar sobre si estaban interesados en
ingresar en la Hermandad Blanca.
Erion parecía algo nervioso. Había hablado brevemente con Nina, que se mostró
preocupada por él, pero dejaron la conversación para más tarde. El joven había
esperado largo tiempo para ascender en la Hermandad y aquel podía ser su día
soñado. Una vez en la biblioteca estuvo hablando con Enoch y los demás
intentando convencerles para unirse a su causa.
Vanion, que siempre había sido un elfo solitario, decidió salir un rato de la
estancia y dar un paseo para tomar el aire. Al abrir la puerta había un salón de
techo de madera ornamentada. Escuchó un perro ladrando a orillas del lago y miró
por una de las ventanas de arco apuntado. A lo lejos, en el muelle, vio a tres
pescadores que amarraban una barca (al lado de la que ellos habían usado para
llegar). Por un segundo le pasó por la mente que algo no iba bien, de modo que
regresó a la biblioteca. Estaba a punto de decir algo cuando, en el salón de
abajo, se escuchó un sonido extraño, frío, breve, casi como un parpadeo sin duda
mágico. E inmediatamente después llovieron meteoritos de fuego sobre el
castillo, atravesándolo de arriba abajo como si los muros fuesen de papel. Quiso
la fortuna que ninguno de ellos fuese alcanzado, pues varios de estos
destrozaron el techo y el suelo en un abrir y cerrar de ojos. El salón de abajo,
donde se encontraban reunidos los Pares, se convirtió en un infierno de fuego y
la explosión fue impresionante, haciendo volar parte de los muros de la
fortaleza y tirándolos al suelo a todos.
En medio del polvo y el humo de la confusión, en los segundos siguientes, Erion
reaccionó con sangre fría y lanzó un conjuro con el que apareció en el piso de
abajo, donde el suelo aún quemaba en las botas. No había rastro ni de la mesa,
que era toda astillas y ceniza. Las paredes estaban bañadas en sangre y el resto
de la estancia era poco menos que un montón de pequeños cráteres… en el suelo
vio una espada. Al agacharse a recogerla vio que entre el humo aparecían tres
figuras caminando sobre las brasas. Los reconoció al instante por los dibujos
que la Hermandad había mostrado apenas minutos antes.
Melf. Tenser. Bigby.
Se quedó pasmado pero un flechazo brusco sobre Melf le sacó de su estupor. Era
Vanion, que desde la escalera había disparado al mago. Melf ni se inmutó, en vez
de eso lanzó un conjuro y las cocinas, que se encontraban a la derecha de Erion,
explotaron de forma violenta. El vilonio no se lo pensó ni un segundo y salió
corriendo por la puerta más cercana que, afortunadamente, no estaba cerrada.
Pese a los nervios escuchó la voz de Tenser, que le pidió que no gastase energía
en escapar. Hiciese lo que hiciese, estaba muerto.
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Hermandad Blanca
Luna
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Seluna
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