Partida #1 "En la Compañía Negra"

Corría el frío mes de febrero del año 1081 en la ciudad de Akenar. Hacía casi un año que el antiguo emperador Otto el Jorobado había regresado de su misterioso cautiverio y se había coronado Rey, aceptando con resignación la pérdida definitiva de las tierras vasallas del Imperio.

A pesar de ello en la ciudad se vivía un ambiente de optimismo. Las guerras, las luchas feudales, la amenaza de los monstruos, el bandidaje, las pestes, la pérdida de conocimientos en innumerables monasterios y la propia caída de la Iglesia sillenita por contrapartida habían enriquecido a la ciudad y sus gremios de armas, sus casas mercenarias, sus mercados con productos de tierras lejanas y habían encumbrado a sus casas de préstamos y alentado la construcción de fortalezas, murallas, puentes levadizos, silos y bodegas. Sin que nadie se explicase cómo, la desgracia había atraído a la urbe a un sinfín de hombres de fortuna, burgueses en busca de refugio, campesinos acaudalados que otrora usaban sus fortunas en los feudos y ahora revitalizaban la ciudad en busca de protección, soldados sin señor, caballeros de fortuna, mozos de cuadra buscando trabajo, vendedores ambulantes, monjes huidos de iglesias y monasterios abandonados; y aventureros, muchos aventureros.

Al sur de la ciudad estaba el que muchos llamaban el Barrio del Yelmo debido a la enorme afluencia de hombres de armas, escuderos, caballeros, soldados y guerreros que solían pulular por sus tabernas y pernoctar en sus posadas. Allí se forjaban contratos y se alquilaban los servicios de guerreros y caballeros, incluso guarniciones enteras, guardaespaldas, luchadores para las arenas, escoltas, cazadores de recompensas o de monstruos y cualquiera dispuesto a empuñar un arma.

De todos los mercenarios que hubo en aquellos tiempos todos los cronistas e historiadores coinciden en una misma cosa: los más temibles de entre ellos eran un grupo de élite ubicado en una pequeña fortaleza en medio de este barrio: la Compañía Negra.

Alarion y Kraag eran dos de sus miembros.

Alarion era un elfo llegado del oeste, nacido en las Tierras Alures aún en tiempos del Imperio. Sin embargo pocos recuerdos albergaba del mismo. Corrían tiempos difíciles e incluso los Hijos de las Estrellas acababan por tener los pies en la tierra, tarde o temprano. Además cada vez eran menos y lo sabían. Las Bóvedas élficas ya no tenían el esplendor de antaño y los reinos faéricos hacía tiempo que vivían de
puertas adentro, pretendiendo fingir que el mundo no había cambiado.

Así pues había renunciado en gran medida a la poderosa llamada de su sangre y se había exiliado de los suyos rodeándose de hombres y siguiendo sus mandatos y costumbres. En la Compañía Negra hacía las veces de explorador, otras de sicario, hombre de armas o mercenario. Trataba como hermanos a hombres, enanos y kernios por igual y por ello era despreciado por otros elfos de la ciudad.
 

Kraag nació en las Islas de Soth, que pertenecen al Rey Akassi Karr de Kernia y cuando apenas tenía uso de razón fue capturado en una incursión de zarkos y vendido como esclavo en alguna ciudad sin nombre en la costa norte de Arkay, el continente al sur de Draak. No tardó demasiado en destacar entre otros presos por su tremenda fuerza y su físico imponente, tanto que el alino Makmed el Blanco lo compró para llevarle a la famosa Arena de Talion. Durante muchos meses le entrenaron en la Alta Escuela de Guerreros para poder participar en la Arena de modo que, cuando lo hizo, triunfó (y con él su amo Makmed). Durante tres años consecutivos fue campeón invicto en la Arena y quizás su destino no habría variado si la ciudad no hubiese sido atacada -y saqueada- por numerosos navíos ilkos pagamos por el Reino de Lorig, al que fue conducido, de nuevo como prisionero.

Fue allí donde conoció por primera vez la felicidad pues el Sumo Sacerdote de Pelor de la isla liberó a todos los presos y esclavos capturados a los zarkos. Y así empezó a viajar pues se enroló en el primer barco que buscaba hombres de armas para defenderlo -el Caballo de Mar, un barco de arcanos navegantes-. Conoció algunos puertos, mató alguna gente, incluso tuvo que participar en dos batallas navales cerca de la costa de Carcaigh. Finalmente acabó en la ciudad de Akenar. Allí, en el puerto, un hombre le vio en una de las posadas y se fijó en sus formidable fuerza y sus modos de guerrero. Se le presentó como John Hawkwood, también conocido como Capitán. Era el líder de la Compañía Negra en la ciudad y, desde aquel día, uno de los muchos hermanos que tuvo Kraag.

Así pues tanto Kraag como Alarion eran mercenarios de la Compañía Negra cuando corría el segundo mes del año sillenita 1081. En el Capítulo de Akenar, que era como los hombres llamaban a la fortaleza, empezaba a notarse el bullicio de la primavera: las guerras y contratos reanudaban su actividad según la heladas y la nieve se iban convirtiendo en un simple recuerdo frío; pues era raro, en aquellos tiempos, que hubiese conflictos en los meses invernales.

Uno de esos días fueron llamados por el Capitán de Soldades, el bajo y enjuto William de Ypres, un verdadero artesano de las batallas, duro y sin escrúpulos, frío, un tipo de pocas palabras y pelo cano. Les informó que alguien -que prefería mantenerse en el anonimato- había requerido el servicio de dos o tres mercenarios que hiciesen un par de preguntas por el puerto y, si conseguían alguna información, que tirasen del hilo a ver dónde conducía.

Tenían que preguntar quién demonios había traído de vuelta al antiguo Emperador -el que ahora era el Rey Otto- y de dónde exactamente.

 

Datos de juego: el Signo de Piscis significa que todas las tiradas de Carisma tienen un +1.

 

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Luna Seluna


Partida #1 "La Isla"

Al menos aquellos tipos no se habían dado cuenta de que el día anterior estaba completamente borracho y no se acordaba de nada. De hecho si no fuese por su primo ni siquiera habría acudido a la cita, maldita sea. Ni tenía idea de cuánto dinero le habían pagado por aquello o siquiera si lo habían hecho ni tampoco cómo habían convencido a Alfred para que les dejase la barca. Al poner los pies descalzos en ella sintió aquella vieja emoción, hacía ya casi medio año que no pisaba una barca. De inmediato la emoción desapareció sustituida por ganas de vomitar. "Tengo que aguantar" pensó "o quizás estos se busquen a otro barquero". Los dos guerreros ni siquiera le miraban así que su cara de esfuerzo pasó inadvertida. Escupió por la borda maldiciendo a Atros, el dios de los putos tresios que, según decían algunos idiotas en las tascas, era el dios de los mares.

"Pero esto no es el puto mar" se dijo a si mismo mientras empezaba a remar. "Joder, cómo me cuesta". Antes de salir del puerto a través de las Torres ya estaba sudando como un cerdo, y eso que la niebla era fuerte y enfriaba hasta los huesos.

Según remaba se fijó mejor en aquellos dos. Uno ni siquiera se había quitado la armadura, el elfo. "Como encontremos un lucio gigante se va a cagar ése" y se rió para sus adentros. Entonces llegó el primer escalofrío. "Cago en dios, puta niebla" miró al fondo cubierto de brea donde descansaban dos odres llenos de vino. "Por qué no" y abrió uno de ellos, sosteniendo el remo con el brazo doblado, mientras bebía. "Alfred se ha portado, joder" notó un calor agradable en la garganta. Reprimió las ganas de más y siguió bebiendo.

-Esto va a ser aburrido - Les dijo a los dos mercenarios. Pero ni siquiera le contestaron. El kernio se limitó a mirarle un instante, luego aseguró el espadón en el fondo de la barca. "Joder, pedazo de espada" se dijo Marco, "este debe ser una mala bestia". Se fijó en el guerrero, su cuerpo era una masa de músculos inmensa. Tenía algunas cicatrices en manos y brazos, mirada dura y un poco idiota a la vez. Marcó decidió que estaba ante un bruto al que era mejor no provocar, de hecho dejó de mirarle. El otro se había puesto en pie y parecía olfatear el aire mañanero. "Putos elfos" sentenció el barquero.

Y si, fue un viaje aburrido, a pesar de la suerte de coger corriente muy rápido. Por el centro del lago el viento era siempre bueno y no era muy difícil llegar a la Isla de la Garra. Sólo que nadie lo hacía. Los muchachos, en el puerto, decían que era un lugar jodido. Quizás no lo fuese tanto, ésta era ya la segunda vez que venía y ahí estaba, vivo y coleando. Quién lo iba a decir, él, Marco el Suertudo. Decían los del puerto que si te quedabas al amanecer o al atardecer viendo la isla que estabas jodido. "Mejor no comprobarlo" tiró de un cabo para corregir la vela "al menos yo no".

Y así todo el día. Viento. Vino. Frío. Pensamientos. Y poco a poco se hizo noche. Vieron el atardecer sobre las aguas del lago. Al menos tuvo suerte y picaron dos o tres peces.

Luego la noche estrellada. No hay nada como ver las estrellas desde una barca, desde luego. "En Akenar a veces tienen demasiada luz esos jodidos" pensó mirando arriba con los brazos cruzados a modo de almohada "hijos de puta". Medio odre de vino le ayudó a dormir bien, a pesar de los ronquidos del kernio.

Soñó con una joya roja que brillaba en vez del sol. Con hombres con forma de bestias. Con cuencos de plata llenos de agua y con un animal -como un dragón- de muchas cabezas. Se despertó intentando gritar pero cuando abrió los ojos sólo vio al elfo con una daga cerca de él.

-Será mejor que no hagas ruido, barquero.

"Hijo de puta, guarda esa daga o te tiro de mi barca".

-Si, como digáis, señor. Disculpad. -Y bajó la vista. Ya había amanecido, volvían a estar rodeados de niebla- Estamos cerca, señor. En un par de horas llegaremos.

-Lo mejor será que nos dejéis en alguna cala. Vuelve antes del anochecer ¿está claro?
-Si, señor, tan claro como el agua del lago, señor.

"¿Qué cojones se les ha perdido a estos en la Isla?" Se mordió la lengua reprimiendo un juramento. Entonces escuchó un par de gaviotas.

-En efecto estamos cerca, señor. -Dijo señalando a las aves. Luego fingió una sonrisa enseñando su dentadura rota.

Cuando por fin encontraron la isla todo fue muy rápido. Visto y no visto. El kernio bajó al agua sin importarle un pimiento mojarse o no. Descargó el pesado fardo que llevaba en la arena negra. La cala no es que fuese el lugar más agradable del mundo, arena volcánica, acantilados, bosque encima de una fuerte pendiente y una especie de montaña que daba al mar sobre la que se veía... algo, no muy bien, una construcción de algún tipo...

Marco remó alejándose de los dos mercenarios. A salvo, por fin. "Ahora me beberé el resto del vino y ya veremos si vuelvo o no; total quien va a saber qué les ha pasado a esos dos desgraciados". Aún no se había alejado mucho cuando vio que el elfo estaba explorando la pared del acantilado y se metía en una cueva. El kernio, mientras, se ponía una armadura negra mientras su espadón le aguardaba clavado en la arena.

"¿Qué cojones es aquello?" pensó Marco mientras veía tres figuras enormes que corrían por la arena hacia el kernio... "¡no los ha visto!! ¡¡joder!!" Pero a pesar de tener cien yardas de agua entre las bestias y él, no se atrevió a gritar. Los monstruos -como animales y hombres mezclados horriblemente- llegaron hasta el kernio. "¡Se lo van a comer, dios mío!"

El kernio, que con la coraza puesta parecía un gran escarabajo, se movió de repente a un lado blandiendo la espada. Zas. Zas. Dos de las bestias muertas, la otra escapando por la cornisa de piedra.

"¡¡joder!! ¿cómo ha hecho eso?!!" no se había imaginado que un hombre pudiese ser tan rápido y tan fuerte. No un hombre con aquella mirada idiota del kernio, al menos. "¡Ni siquiera ha necesitado ayuda del elfo!". Bebió un largo trago de vino. Se dio cuenta de que las criaturas era como las que había soñado y otro escalofrío recorrió su cuerpo. "Creo que sí que volveré a por ellos, con esta gente nunca se sabe".

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Alarion, mientras tanto, examinaba la cueva infestada de piercers. Las paredes estaban llenas de pinturas de manos y en el suelo había huellas de pies descalzos. Al salir vio que Grok había matado a dos trollocs y otro había escapado. Pronto les volvieron a atacar, pero esta vez fueron seis. Varios trollocs murieron y otros escaparon de nuevo, pero la refriega por poco lo matan al elfo.

Fue entonces cuando escucharon el sonido de un cuerno de guerra, en el interior de la isla.

Explorando la playa encontraron, no muy lejos de allí, unas cuantas estatuas de trollocs muy cerca de otra cueva, donde estaban los restos de un hombre -o quizás una mujer- que había sido devorado mucho tiempo atrás. No quedaba nada reconocible salvo un libro con cubierta de cuero sobre el que se leía en común: Angmar. Al intentar abrirlo Alarion descubrió que el tomo tenía algún tipo de trampa mágica y por poco muere. Total para no entender nada de lo que había escrito...

Tras eso otro ataque, pero esta vez vinieron más trollocs que antes. Arqueros, trollocs con picos y guadañas, casi todos muertos en la linde del bosque bajo la espada de Grok y las flechas de Alarion...
 

 

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Partida #3 "Viejos misterios desvelados en la Isla de la Garra"

Eustache volvió a encender la luz de su escritorio con un gesto de su mano izquierda. Ser zurdo siempre había sido una ventaja para la magia, la mayor parte de los hombres te miran la diestra. Es como una costumbre que uno no puede envitar. Pensando en esto, se sentó en la parca silla de madera y miró con ojos de recién despertado el pergamino que estaba sobre otros muchos papeles y mapas que cubrían la mesa en un galimatías de idiomas. Leyó en bajo, como pocos hombres saben hacer.

"...los soldados Kroog y Alarion desembarcaron en la que llaman Isla de la Garra y encontraron extrañas criaturas de aspecto aberrante, algunas con cabeza de pájaro o lobo o cerdo, garras, fauces, pezuñas, fuertemente armadas; éstas se mostraron hostiles desde el primer momento. Luego lucharon con criaturas mitad caballo mitad hombre, muy fuertes y fieras. Por último encontraron una bestia inmensa con muchas cabezas de lagarto, quizás un dragón o algo peor."

Trollocs. Centauros. Hidra. Había oído cosas acerca de aquella isla pero nunca les había dado importancia porque no era asunto de la Compañía. Pero si el Caos lo arrasa todo la Compañía desaparece a fin de cuentas, pensó. Y no queremos que eso pase. Y todas esas era aberraciones del Caos. Quizás tendría que hablar con alguien en la Fortaleza Negra de todo aquello...

Y también estaba lo del libro de Angmar. Así que había muerto allí. Al menos su libro de conjuros y notas estaba casi intacto -salvando unos cuantos mordiscos en el lomo, ósea nada-. Sonrió al abrirlo por enésima vez, no podía creérselo. Notó un tic de emoción en el ojo izquierdo. Sólo aquel libro habría merecido mandar cien hombres a aquella isla. Bueno, el precio había sido alto, Alarion había muerto a fin de cuentas... se recriminó por su avaricia y cerró el libro. Se pasó la mano por la frente. Estaba sudando de emoción.

-Lo siento -Dijo mirando al techo, suspirando al fin. Pero la habitación estaba vacía, aparte de él. Y dudaba que alguien le escuchase incluso desde el Más Allá; su estancia estaba protegida incluso de eso. El ansia que acababa de sentir al mirar el libro le recordó a tiempos pasados y tuvo que levantarse y abrir bruscamente el arcón junto a la puerta. Dentro guardaba galletas del mercado y dos jarras de leche de amapola. Llenó un vaso de porcelana hasta casi colmarlo y se sentó a la mesa de nuevo. Empezó a comer las galletas. Eran excelentes, las horneaba un vilonio cerca del Circo y no tenía rival en la ciudad. Y la leche le calmaría a buen seguro.

Con el estómago lleno se sintió más tranquilo. Decidió regalarle algo a Kraag, como agradecimiento personal por el libro de Angmar. El pobre no sabía lo que había traído pero él si, sería muy ingrato por su parte dejarlo pasar sin más.

"Es un buen soldado, sobre todo si es cierto lo de los trollos, los centauros y la hidra; incluso yo habría muerto en esa isla, no sé cómo lo ha hecho. Parece que tenemos un héroe entre nosotros...".

Leyó el pergamino donde había anotado las palabras del mercenario.

"...entramos en el castillo, que era como un barco o algo así. Se cerró el portón y nos quedamos encerrados y de una fuente salió una bestia de muchas cabezas que mató a Alarion a mordiscos. Yo intenté evitarlo como pude pero me fue imposible, así que la maté"

Lástima que el soldado supiera nada de alquimia, habría sido increíble conseguir el corazón de aquel monstruo... pero bueno, no se le piden castañas al pino.

"Después de eso averigué que el Rey Otto había estado en la isla como durmiendo en un sueño mágico. De alguna manera, no recuerdo cómo, supe la historia de lo acontecido medio siglo atrás.

Todo esto sucedió antes de la caída del Imperio, cuando el Rey no era tal sino Emperador. Eran los tiempos de la segunda guerra con Akgard, cuando los orcos negros y los gardios invadieron estas tierras y hubo batallas y asedios por doquier. En una de esas batallas, una de las últimas, se enfrentaron las legiones imperiales con una temible hueste de orcos negros liderados por un gardio de nombre Zen. La batalla discurría con fuerza en las faldas del Monte Akal, en Levante. Mientras ésta sucedía el entonces Emperador Otto y su paladín más cercano, Sire William Lonshire, recibieron la noticia de que unos exploradores habían encontrado la puerta de unas ruinas, en medio del caos de la batalla. El Emperador y Sire William, por algún motivo, sabían que aquello era el llamado Templo Elemental, un lugar de gran poder. Entraron. Pasaron juntos numerosos peligros en su interior y en el corazón del mismo encontraron a uno de los Señores Elementales -no se sabe cual-, del cual consiguieron un gran poder momentáneamente: al Emperador le fue concedido un Deseo mediante un antiguo hechizo extremadamente poderoso cuyo entramado no conoce ningún mago en este mundo. Y él pidió que Amón, de alguna manera, muriese aquel mismo día.

Como muchos saben, así fue. Dicen los rumores que en aquellos momentos, muy lejos de allí, el Gran Rey estaba en medio de una batalla en la isla de Vilonia. Y en ella murió, supuestamente a manos del Rey León II y su espada sagrada. Sin el poderoso hechizo desencadenado en el Templo Elemental seguramente esto no habría sucedido.

Pero no era tan sencillo como el Emperador y Sire William habían pensado, pues el Gran Rey era un poderoso hechicero, de hecho seguramente el mayor que ha existido en el Orbe, y muchos encantamientos le protegían y vengaban. Estos se desencadenaron sobre el Emperador, que inmediatamente se volvió loco.

Sire William sobrevivió. Viendo al Emperador destruído por lo que acababan de hacer se fue del lugar con el cuerpo de su señor. Todos les dieron por desaparecidos en el Templo Elemental, y todos los soldados y caballeros que entraron a rescatarlos murieron en el intento.

No se sabe cómo, Sire William consiguió que algún mago durmiese al Emperador mientras él y otros Caballeros de la Tabla buscaban una solución para romper la Maldición de Amón. Decidió esconder el cuerpo en el único lugar al que nadie iría: la Isla de la Garra. Un lugar maldito.

Y pasaron los años. El Imperio acabó por derrumbarse. Los reinos de los hombres se dividieron. La guerra se extendió por doquier.

Medio siglo después un grupo de aventureros vino a buscar fortuna a la Isla. Exactamente lo que Sire William pensó que nunca sucedería. Lucharon con trollocs y la avaricia los llevó al templo donde el Cristal Siniestro destruye las almas de los hombres. En sus cimientos encontraron, escondido, la tumba de Otto. Cogieron su cuerpo y se lo llevaron a Akenar, rompiendo así el encantamiento que le tenía dormido. Pero la Maldición de Amón seguía con él.

El antiguo emperador se encontró un reino en ruinas, pero a pesar de su locura tardó apenas unos días en agrupar a todas las antiguas familias nobles de Akenar y convencerlos de que volverían a ver los viejos días de gloria del Imperio. Empezando por hacerle Rey.

Y eso hicieron."

Eustache dejó el pergamino a un lado. La leche de amapola le había dado sueño. Por Boccob, no había imaginado que estuviesen en un pozo tan profundo. Lo cierto era que los primeros meses de reinado de Otto éste se había comportado como un demente, pero todo había cambiado desde que el mago Inman había sido nombrado Consejero Real. Sin duda estaba usando su magia para controlar a la Corte y al propio Rey. No era algo muy bueno, pensó Eustache, pero mejor que un rey loco si. Un rey loco seguido por muchos locos.

¿Cómo era que Kraag no recordaba cómo había conseguido aquella información? Le olía a magia. Lo había comprobado pero si era así era sutil, no había rastro. Pero el kernio no tenía un rasguño y según juró las pociones se las había tomado el pobre Alarion. Ergo había gato encerrado. Y no, el kernio no mentía. No a él. Eso no era una opción. Quizás habría que investigar aquella isla más a fondo. Pero más adelante, ahora no era el momento...

Y esa mañana había oído que el Rey se casaba el Dóminus con la hija del Príncipe Negro, Nanya Crowlet. ¿Estaría Inman detrás de aquello también? Desde luego tenía su firma.

Bueno, eso no eran asuntos de la Compañía Negra, desde luego. Alargó el brazo hasta el estante y cogió una poción de contenido oscuro y aceitoso. Se la bebió de un trago y contuvo las repentinas -y esperadas- ganas de vomitar. Lo consiguió, y de repente se sintió despierto. Bien.

Abrió el cajón y cogió la carta del cliente anónimo que pagaba todo esto. Sin duda un zorro sin escrúpulos, pensó. Leyó en silencio las instrucciones a seguir depués de los descubrimientos de la Isla. Esto va a ser complicado, se dijo para sus adentros.

Luego mandó llamar a Kraag.

 

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Partida #4 "En busca del grupo perdido"

Kraag ya conocía a Gregorio de la Compañía Negra, era un clérigo sillenita que, según parecía, descendía de los Gurkingham -había oído hablar muchas veces de Tancredo, sus hazañas eran algo bien famoso entre los guerreros de Akenar-. Por eso no le sorprendió demasiado cuando el mago Eustache les llamó a ambos para encargarles una nueva misión. Tenía que ver con lo último que había hecho, ir a la Isla de la Garra y averiguar cosas, pero esta vez era diferente: tenía que encontrar al menos a uno de los aventureros que habían liberado al Rey Otto de su sueño mágico. Valían vivos o muertos. Extraño.

Hicieron sus preguntas por la ciudad, cómo no. Al parecer alguien había dicho que los aventureros habían pasado por la Torre de las Tormentas así que allí fueron los dos a enterarse de quienes eran y si seguían por la ciudad.

Giles Wolpe, mago de la Orden de la Estrella, les recibió amablemente en la Torre. Un buen tipo, sin duda. Hablaron como si fuesen amigos de toda la vida y éste les habló de los aventureros: si, habían pasado por allí antes del invierno, pero después habían ido y venido varias veces por los alrededores de Akenar. Uno se llamaba Hadarac, otra Renata, otro Urik -un enano-, y dos elfas muy bajas, Nemertil y Baharadriss. La tal Renata tenía algo que ver con Simón Nadie, un anciano que años atrás había sido un gran guerrero y que ahora estaba retirado en una villa en el Barrio Alto. También conocían a Lucius, un alquimista famoso en la ciudad. Pero aparte de eso, poco más. Que habían ido a un monasterio abandonado de la Inquisición en las Colinas de las Dos Doncellas, al oeste de Akenar. Y que habían tomado un barco de mercaderes que iba a Hanor. Dos pistas que les llevaban a caminos opuestos.

Ese domingo se casaba el Rey Otto y la ciudad estaba de celebración. Vino gratis, pan, cerveza, incluso pescado y queso. Música y muchas sonrisas, "el jorobado" por fin tendría una mujer. Según se decía todavía era una niña, Lady Nanya, nieta del Rey de Áquila. Sin embargo Kraag y Gregorio no eran muy de celebrar cosas así que ese mismo día cogieron unos caballos y salieron de Akenar hacia el oeste. Tenían pocas pistas y mejor antes que después para ir tras ellas.

Cabalgaron hacia el oeste y tardaron dos días en llegar a Mirador, donde Lancel, el hermano de Gregorio, era el Castellano. Su padre Tancredo, por aquellos tiempos, había partido al norte donde se estaban reuniendo tropas de Akenar en las cercanías del Castillo de la Tabla. Según se rumoreaba había guerra en Atria y el Rey Otto no quería desperdiciar una buena oportunidad como aquella para asestar un buen golpe a sus viejos enemigos norteños. Se decía que pensaba sitiar la ciudad de Lachar, al sur del Reino de Atria, donde además contaba con numerosos sillenitas que añoraban los viejos tiempos del Imperio.

Todo esto le importaba bien poco a Kraag o a Gregorio, que se dedicaron a hacer preguntas por aquí y allá en el castillo por si alguien conocía el paradero de alguno de aquellos aventureros. Tuvieron suerte porque algunos soldados recordaban al enano Ulrik, al que llamaban "el Clavos", y al menos dos personas se acordaban de una elfa baja llamada Nemertil que, según se decía, se había acostado con Tancredo -cosa, por otra parte, no muy fuera de lo común-. Los aventureros habían ido al oeste en un momento en el que aquellas eran tierras peligrosas... bajo el mandato del Rey Otto los feudos orcos habían jurado vasallaje al trono de Akenar, pero esto era muy reciente.

El mércades ya estaban de nuevo en el camino, entrando en las Colinas de las Dos Doncellas. Gregorio debió sentirse un poco extraño porque tuvieron que hacer noche en una posada orca, la Parada de Groo'r, donde preguntaron al posadero por el Monasterio del Río, donde se supone que el grupo se había dirigido. El orco les previno acerca de grandes peligros en aquella zona a la que nadie iba... pero no podían hacerle demasiado caso. En cualquier caso Gregorio realizó unos conjuros y plegarias que le revelaron que efectivamente ninguno de los aventureros que buscaban estaba en el monasterio, pero fueron igualmente a ver qué había pasado.

No sabían mucho del Monasterio del Río, que había pertenecido a la Inquisición y que ésta, en ocasiones, guardaba en sus monasterios objetos malditos y secretos que mejor era no conocer.

Según se acercaron al Monasterio dejó de haber vegetación, las rocas estaban más puntiagudas, los caballos no querían avanzar y, además, una gran tormenta empezó a descargarse sobre sus cabezas...

Vieron unas ruinas encima de una loma, grises, rotas, de muros húmedos y destruidos por el paso del tiempo. Y entraron a mirar sólo para descubrir que aquel era un lugar de peligros y muerte sin igual, arañas gigantes, árboles venenosos, extraños y mortales limos de ácido que corroen el metal y, sobre todo, un extrañísimo monje que, según parecía, se había quedado prisionero en el subsuelo del monasterio y trataba de ser liberado. Saltaba a la vista que un gran mal se había apoderado del desgraciado ni Kraag ni Gregorio tuvieron la menor intención de liberarlo. Finalmente, tras varios sustos -en uno de los cuales el clérigo perdió su armadura y sus armas corroídas por el ácido-, decidieron salir de allí. El clérigo loco había visto, meses atrás, al grupo, pero no fueron capaces de sacarle mucho más.

Regresaron heridos y cansados a la Parada de Groo'r, pensando en descansar, secarse, y regresar por Cros Ard para ver si los aventureros habían pasado por allí en su regreso a Akenar. Era jueves, 4 de marzo del año 1081 según el cómputo imperial sillenita.

 

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Partida #5 "El viaje en globo"

El viernes salieron de la Parada de Groo'r y se dirigieron de vuelta a Mirador, con la intención de que Lancel, el hermano de Gregorio, le prestase armas y armadura para reponer las perdidas en el Monasterio del Río. Y así fue, de hecho, una vez llegaron al castillo. Una vez allí se enteraron de extrañas noticias, al parecer el paladín Sire William, en Akenar, había huído con la nueva Reina, Lady Nanya, y había herido al Rey Otto la misma noche de su boda. Desde aquel entonces se consideraba a Sire William un proscrito en todas las tierras de Akenar y se pagaba una recompensa de 300 piezas de oro, vivo o muerto.

La mañana del sabbat Kraag encontró un extraño papel en la mano. Era como un pergamino blanco con una marca en el medio, un símbolo como de ocho flechas pintadas con tinta negra. Tiró el papel y preguntó a los hombres de la guardia si alguien sabía quién se lo había puesto en la mano mientras dormía. Pero nadie sabía nada.

Cogieron los caballos y salieron de mirador la mañana del sabbat. Se dirigieron al norte, a la fortaleza enana de Cros Ard, donde esperaban oir noticias del grupo que buscaban. Al oeste, en todo momento, podían divisar las enormes Columnas de Dios, unas formaciones gigantescas que maravillan a los viajeros con su belleza.

Sin embargo otros menesteres les ocuparon los pensamientos: encontraron un jinete oscuro, caballo negro con coraza, armadura completa y espadón, que venía en dirección contraria. Sin mediar palabra el jinete les atacó con extrema fiereza y a punto estuvo de matar a Gregorio de un golpe. Kraag tuvo que emplearse bien a fondo para evitar caer muerto bajo el mandoble del caballero oscuro. Finalmente consiguió vencerlo, pero no fue fácil.

Tras este encontronazo, el malherido Gregorio y Kraag apretaron el paso de sus monturas para llegar lo antes posible a Cros Ard. Una vez allí se hospedaron en una posada de hombres, pues era una aldea enana y seguramente a muchos de los vecinos no les agradaría la presencia del kernio.

Les llamó muchísimo la antención un extraño objeto ovalado que flotaba junto al castillo pero nadie les pudo decir de qué se trataba...

La mañana del dóminus estuvieron haciendo preguntas y, de paso, tratando de arreglar las armaduras destrozadas en el combate con el caballero oscuro. Incluso finalmente se acercaron al bastión enano donde se enteraron que efectivamente algunos de los hombres recordaban que el grupo había pasado por allí. Lo recordaban bien porque el enano Urik había luchado con el señor del lugar -se habían insultado y la cosa había acabado en un duelo- y había muerto. Tras eso, se habían ido al Monasterio del Río caminando hacia el este.

Se quedaron muy descolocados por aquellas noticias porque, según habían sabido, el enano Urik había llegado al Monasterio. De modo que no podía haber muerto antes de ir allí. Gregorio dedujo que debía estar moribundo tras el combate y que sus compañeros quizás lo curaron...

Había un enano herrero e inventor en el castillo, de nombre Yurrik, hijo de Yrvik, con el que hablaron para ver si podía arreglarles el equipo. Sin embargo éste parecía completamente distraído por su nuvo invento: un globo. Al parecer había inventado un artilugio que podía volar y llevar una especie de barco colgando que podía transportar gente y cosas. Yurrik quería partir el lunes hacia Akenar para hacer el primer vuelo con gente, pero muchos enanos temían por sus vidas. Les ofreció a Gregorio y a Kraag viajar con la tripulación de su globo -que se llamaba Orir, que en enano significa Joya-. Tras un rato de duda aceptaron pensando que llegarían antes que a caballo. Esto provocó que muchos enanos de Cros Ard se ofreciesen voluntarios para ir puesto que un Kernio no podía ser más valiente que ellos.

Así fue como Gregorio y Kraag regresaron a Akenar en globo. El viaje apenas les llevó dos jornadas, llegaron el martes al atardecer. Fueron dos días extraños viendo el lago Aark desde el cielo, nubes, algo de balanceo y escuchando conversaciones en enano constantemente. Eso si, comieron buen jamón y panes de nueces con miel con un yogur que sólo los enanos saben hacer y que es la gloria. E hidromiel.

En Akenar aterrizaron en la Fortaleza Negra, donde una comitiva real esperaba a Yurrik, con el que habían hablado durante la travesía y les había dejado buena impresión. El Rey Otto había organizado un banquete para la tripulación del globo pero ellos, discretamente, se marcharon a informar al Capítulo, descansar y recuperar su equipo.

Estaban un poco perdidos en su búsqueda, la única pista que les quedaba les llevaba a Hanor. Sin embargo sabían de oídas que un tal Lucius, el Arquimista, conocía a los hombres que buscaban, así que se pasaron por su tienda, situada donde antaño estaba la famosa Posada del Puente -que muchos llaman Posada del Gordo, por motivos desconocidos-. Hablaron con el Vilonio -un hombre extraño- y se enteraron que el grupo se había dividido. La mujer llamada Renata se había ido a Treveris. El resto había viajado, nada más y nada menos, a la ciudad de Talion.

Hablaron de todo esto con el mago Eustache y les pareció que sería más fácil encontrar a un grupo entero que a una mujer. El mago les dio una buena provisión de dinero para un viaje largo. El plan era ir a Hanor y allí encontrar un barco que fuese a Westerdam. Desde allí, a Talion. Un largo viaje, sin duda.

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